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Ex-alcalde, Constituyentista, ex-diputado AN, y ex-gobernador del Estado Monagas. Luchador incansable por el rescate de la democracia en mi patria VENEZUELA.

sábado, 16 de mayo de 2026

LA OSCURIDAD COMO POLÍTICA DE ESTADO DE LA DICTADURA


De las muchas formas de controlar a un pueblo que han implementado los funestos herederos del traidor mayor, hoy felizmente difunto, está la de quitarle la luz, no metafóricamente dejandolo en la ignorancia y dependiente de las dádivas y limosnas que también lo hacen, sino literalmente: dejar que el calor lo aplaste, que la poca comida que pueden comprar se pudra, que el sueño se interrumpa y que la energía del día se consuma en sobrevivir en lugar de en exigir. El régimen descubrió hace rato ya, que la oscuridad es más efectiva que la represión directa, la oscuridad deja de ser un problema técnico y se convierte en una herramienta de gobierno, en una política de estado. 

Un pueblo en la oscuridad ve menos, pregunta menos y exige menos. Eso no es un accidente, es el plan mismo.

Desde el año 2008, Hugo Chávez se jactaba de que Venezuela tendría el "mejor sistema eléctrico del continente" para el 2011. En efecto, cumplieron: tenemos un sistema tan “exclusivo" que solo funciona a ratos. Se despilfarraron, o mejor dicho, se evaporaron en los bolsillos de la cleptocracia, más de 60.000 millones de dólares. Hoy el resultado de esa "inversión" es el silencio ensordecedor de las turbinas y el parpadeo agónico de un país a oscuras.

Para el año 2014, CORPOELEC ya era un cascarón vacío, no tenían ni un camión para atender emergencias. Aquellos diez helicópteros destinados a supervisar la red nacional pasaron de patrullar el tendido eléctrico a engrosar la lista de chatarra o, quién sabe, a decorar algún jardín privado en una mansión de Florida o Madrid. En 27 años de desgobierno, no solo apagaron los interruptores, desmantelaron el futuro. Lo que viven los venezolanos no es un simple "fallo técnico". Es una destrucción sistemática de la salud mental, de la estabilidad emocional y de nuestra dignidad. No es normal vivir en un estado de alerta perpetua, calculando cuánta batería le queda al teléfono o si la comida se pudrirá en la nevera antes de que el régimen decida "devolvernos" el favor de la luz. Han condenado a un estado de ansiedad crónica. Es una forma de tortura que no necesita celdas ni barrotes: el calor sofocante y la oscuridad absoluta son suficientes para quebrar el espíritu de cualquiera.

Resulta fascinante observar cómo la narrativa oficial ha mutado: pasamos de ser una potencia energética a culpar a las iguanas "terroristas", a francotiradores invisibles y a rayos electromagnéticos enviados desde el imperio. Hay que reconocerles el mérito: se necesita un talento especial para quebrar una industria eléctrica en un país que flota sobre petróleo y tiene ríos capaces de iluminar medio continente. Han logrado la hazaña alquímica de convertir oro en apagones y represas en desiertos de concreto.

Sinceramente pienso, desde la cárcel del exilio que no es casual, es mas bien irónico y obviamente muy intencional que quienes pregonan la "soberanía" nos hayan devuelto a la época de las cavernas, donde la vida se rige por la luz del sol y la voluntad de un burócrata que jamás sufre un bajón de tensión en su despacho blindado. No es un error de gestión, es un diseño perfecto: un pueblo que gasta sus energías intentando sobrevivir al calor y a la falta de descanso, es un pueblo que tiene menos fuerza para exigir libertad. Nos quieren cansados, sudorosos y en la penumbra, porque en la oscuridad es más fácil ocultar el desastre que llaman "revolución".

Vivir con cortes de 12 horas no es "resiliencia", es un insulto. Han transformado el simple acto de encender una bombilla en un lujo aristocrático, mientras nos venden que el sacrificio es por la patria. La única patria que ellos conocen es la de las cuentas en Suiza, alimentadas por cada dólar que debió ir a una planta eléctrica y terminó financiando su opulencia, mientras el resto del país aprende a dormir entre el zumbido de los zancudos y la impotencia de un mañana que siempre llega a oscuras.

Mi fuerza para enfrentarlos sin compasión está intacta, la resistencia firme de mi gente me energiza y me prohíbe quejarme, son pura patria aquellos que han aguantado directamente tanto castigo y odio por parte del  narcochavismo. 

No hay margen para otra cosa que no sea avanzar en armar la red humana de bien que los desmantelará más temprano que tarde.


¡Acción y progreso por Venezuela!


José Gregorio Briceño Torrealba 


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