Dentro de las clásicas triquiñuelas de la dictadura venezolana, iniciada por el traidor mayor, hoy felizmente difunto, está el secuestro intencional de las estadísticas. Obviamente que la idea es esconder esos datos y gráficas que arrojarían puras líneas rojas en franca picada batiendo récords mortales para un país que es hiper millonario en riquezas, claro, sobradas razones tienen ya que esto desnudaría a los más inmensos y descarados ladrones oficialmente.
Y es que este es el gran robo, el que no sale en las noticias porque no tiene cara de robo. No hay pistola, no hay fuga, no hay escándalo inmediato. Es el robo de las instituciones: el que se hace despacio a cielo abierto, con decretos y nombramientos, metiendo a los “ leales” en los puestos claves hasta que nadie recuerda cómo era eso cuando funcionaba de verdad. Repito, es el robo más caro de todos porque no te quita lo que tienes, te quita lo que podrías haber tenido.
Este contexto histórico nos lleva a los años previos al chavismo (1958-1998) el Banco Central de Venezuela (BCV) fue una institución de enorme autoridad y prestigio. Sus informes mensuales y anuales eran unánimemente respetados por los sectores público y privado, su personal contaba con una excelente formación académica, se pagaban sueldos competitivos y la institución era reconocida como una verdadera escuela de formación de cuadros técnicos y económicos. En aquellas décadas, el BCV cumplió su rol fundamental: preservar la estabilidad monetaria, controlar la inflación y garantizar la confianza en el sistema financiero nacional. Era una economía sólida.
A partir de la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, el BCV comenzó a perder su autonomía de manera sistemática y progresiva, pasando a depender en la práctica del Ejecutivo Nacional. La autoridad de la institución se fue diluyendo con la creciente politización de sus objetivos y la paulatina migración de su personal más cualificado hacia el sector privado o hacia el exterior. La independencia del banco central, piedra angular de cualquier economía sana, fue sacrificada en el altar de la ideología. Durante el narcoregimen de Nicolás Maduro, el BCV pasó varios años sin publicar cifras oficiales sobre el desempeño económico del país, privando a los ciudadanos y a los mercados internacionales de información esencia, por esas razones el país fue sacado del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. Cuando finalmente retomó la publicación de datos, lo hizo de forma selectiva, omitiendo aquellos indicadores más comprometedores para el narcorégimen.
El pasado jueves se produjo un nuevo cambio en la presidencia del Banco Central de Venezuela. Laura Guerra Angulo, tía de Nicolás Maduro Guerra, hijo del tirano presidiario Nicolás Maduro Moros, renunció el martes anterior a su cargo, dejando paso a su vicepresidente, Luis Alberto Pérez González, quien asumió la conducción de la institución. El episodio no es menor: ilustra con crudeza el nivel de cooptación familiar y política al que ha sido sometida una de las instituciones más importantes del Estado venezolano. Que el banco emisor de la nación haya sido dirigido por una familiar directa del usurpador de la presidencia de la República no es un detalle anecdótico, sino una evidencia contundente del desmantelamiento institucional que ha sufrido Venezuela en las últimas dos décadas. Esa fue una de las miles de razones que esos asaltantes destruyeran y saquearan nuestra amada patria.
Este patrón de nepotismo y control político tiene consecuencias devastadoras y verificables. El BCV es hoy considerado por organismos internacionales y analistas económicos como un organismo opaco, con escasa credibilidad y nula independencia. Venezuela registra una de las inflaciones más elevadas del planeta, 600 % que en los últimos años ha alcanzado cifras de cuatro y cinco dígitos, destruyendo los ahorros de millones de familias. El bolívar ha sufrido sucesivas reconversiones monetarias, eliminando ceros para intentar disimular la magnitud del colapso, mientras el dólar continúa su avance imparable frente a nuestro Bolívar. El resultado es una economía devastada, una clase media prácticamente inexistente y una diáspora de más de nueve millones de hermanos venezolanos que han abandonado nuestro país en busca de condiciones de vida dignas.
Lo ocurrido en el BCV no es un accidente ni una fatalidad: es la consecuencia directa de un proyecto político que subordinó las instituciones del Estado a los intereses de una cúpula de asaltantes que se había robado nuestra patria. Venezuela tenía las herramientas, el talento humano y los recursos naturales para ser una nación desarrollada. Desde la cárcel del exilio analizo y concluyo que a pesar de la macro riqueza de Venezuela el saqueo sistemático de quienes convirtieron el poder público en un botín personal y ni esta institución, ni ninguna pueden resisitir tanto atropello. La historia, con su inexorable rigor, sabrá juzgar a los responsables.
Da risa cuando escuchamos algunas cifras que para algunos son algo gigantesco y yo sigo pensando que eso es mínimo para los que cada uno de esos desalmados han metido ilegalmente en su bolsillo hundiendo cada día más, A millones de venezolanos que perdieron su calidad de vida y los que nunca pudieron elevarla, acabando con el avance de generaciones enteras. Nuestro enfoque estará siempre en avanzar, en no hacer pausa y hacer esfuerzos con propósito.
¡Acción y progreso por Venezuela!
José Gregorio Briceño Torrealba
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