No quisiera dejar que pase bajo la mesa la euforia por el mundial de futbol sin comentar y cruzar información sobre esta fiesta global y lo que para mi ha sido un gran deseo en mi tierra natal. En este torneo del año 2026 sucedieron situaciones que refuerzan que la historia del deporte está llena de genios que perdieron ante equipos más modestos pero mejor organizados, y esa paradoja siempre enseña lo mismo: la grandeza colectiva supera casi siempre a la brillantez individual cuando llega la hora de la verdad.
Por esto, después de investigar, escuchar, ver y analizar el recién concluido y fabuloso banquete de partidos, una avalancha de recuerdos me invadió, todos ellos girando en torno a mi amada patria, Venezuela. Rememoro con nitidez aquella épica travesía cuando, junto a ese gran equipo de mujeres y hombres formidables, nos propusimos hacer realidad el proyecto y construir el estadio de fútbol más grande de Venezuela, buscando un terreno que fuera estratégico para el desarrollo deportivo de la región. Recuerdo, también, el momento en que me plantearon la idea de que el estadio fuera multiusos, añadiéndole una pista de atletismo, inmediatamente me opuse con firmeza, defendiendo que fuese única y exclusivamente un templo para el fútbol, una decisión que el tiempo ha terminado por validar. El pasado mes se cumplieron 19 años de su inauguración y pese a que me sabotearon con saña y bastante crueldad para impedir su construcción, hoy es la sede indiscutible de la selección nacional, La Vinotinto y se ha erigido como uno de los íconos más importantes del estado Monagas y de la ciudad de Maturín. En lo personal, este torneo mundialista ha resonado con la fuerza de un eco emocional. Hoy, después de casi 14 años de persecución política, solo me queda agradecer profundamente a la República de Costa Rica y de manera especial, al Reino de España por haberme acogido y otorgado la nacionalidad, después de haber estado expatriado sin derecho a una cédula de identidad y mucho menos, a un pasaporte. Gracias a Dios, en esta tierra que me abrazó, viví con una pasión desbordante la alegría de sentir como propio el triunfo del país que ganó la Copa del Mundo. No obstante, esa felicidad se tiñe de una melancolía persistente porque mi corazón sigue dividido entre el agradecimiento por el refugio y la añoranza por aquella tierra que me vio nacer y donde aún anhelo ver algún día la gloria deportiva que tanto merece. Entrando en materia de análisis futbolístico, queda claro que el título de España no fue fruto de la suerte ni de una casualidad. Argentina tenía a Messi, atesoraba la experiencia de campeona y portaba la corona con orgullo pero España tenía algo más determinante: un plan. Mientras el mundo esperaba la magia del 10 ( Messi) el conjunto español orquestó una lección táctica que ningún otro rival logró en todo el torneo: dejar a la Albiceleste sin UN SOLO tiro a puerta en los 90 minutos reglamentarios. Sí, leyó bien: cero remates. Cuando el Dibu Martínez terminó realizando diez atajadas, mientras su equipo no pateaba ni una vez al arco rival, quedó meridiano quién dictaba las reglas del partido. Ese dato no es anecdótico, es la radiografía de una superioridad estructural que desnudó la fragilidad de un sistema construido en torno a un solo hombre. Luis de la Fuente no armó un equipo alrededor de una estrella, apostó por el colectivo como eje de su filosofía. Sin depender de que Lamine Yamal o Pedri tuvieran su mejor noche, España atacó como un bloque, presionó como un bloque y defendió como un bloque. Mientras Argentina dependía de la inspiración de Messi para generar peligro, España dependía de la sincronización de sus once jugadores, de la movilidad de sus interiores y de la profundidad de sus laterales. Esta diferencia de concepto es abismal: el individualismo, por brillante que sea, tiene un techo fisiológico y táctico, el colectivismo, en cambio, se retroalimenta y multiplica su eficacia en los momentos de máxima exigencia. España controló la posesión de principio a fin, administrando los tiempos y desgastando a su rival con un juego de toque pausado pero punzante, atacando una y otra vez por las bandas, lo que obligó a Argentina a replegarse y encerrarse en su propia área. La Albiceleste, visiblemente desgastada tras haber acumulado más minutos que nadie en el torneo y con un recorrido físico infinitamente superior, solo pudo resistir, hasta que ya no pudo más. Al cierre de los 90 minutos, la expulsión de Enzo Fernández por una segunda amarilla dejó a Argentina con diez hombres para toda la prórroga. Contra una España que venía empujando sin pausa y con un ritmo cardiovascular implacable, defender con un hombre menos y las piernas fundidas no era una desventaja, era una sentencia inapelable. Y aquí radica la jugada maestra de De la Fuente: su lectura del contexto fue quirúrgica. En lugar de esperar el desgaste natural, movió el banquillo con inteligencia y mandó a la cancha a Ferran Torres, "El Tiburón" el especialista en entrar fresco y marcar en los momentos decisivos. Minuto 105: centro al área, aparece Ferran y fusila al Dibu Martínez con la precisión de quien sabe que su única función en ese instante es definir. El gol de la segunda estrella no lo anotó un titular, lo anotó el plan, la visión de un entrenador que diseñó cada pieza para encajar en el rompecabezas final. España no le ganó a Argentina con magia ni con destellos individuales. Le ganó con fútbol, con orden estructural, con una presión asfixiante y con un equipo donde hasta el último jugador que entra de cambio sabe exactamente a qué viene y qué rol debe cumplir. Esa es la máxima expresión del fútbol moderno: el triunfo de la inteligencia colectiva sobre el genio aislado. Soñar es el primer acto de fe del deportista. Por eso, con la misma convicción con la que defendí la construcción de aquel estadio en Maturín, sueño que mi amada Venezuela pueda algún día trasladar ese mismo espíritu de equipo a la cancha. Sueño con una Vinotinto que no dependa de un solo talento, sino que se convierta en un engranaje perfecto donde cada jugador asuma su responsabilidad. Tengo una visión de gran expectativa para el futbol en el estado Monagas, una de las zonas donde ha madurado más el fútbol nacional, aportando jugadores a la Vinotinto y a nivel internacional, como César "el maestrico" González, Eduardo Lima, Yangel Herrera, Renzo Zambrano, Carlos Cermeño entre muchos otros que llenan de orgullo nuestra bandera regional.
El gran proyecto consistiría en integrar el complejo del estadio Monumental con un CAR - Centro de Alto Rendimiento en el estado, donde tanto la selección nacional como las regionales puedan hacer su preparación previa a torneos, así como también la creación de distintas canchas de alto perfil, más un plan de capacitación profesional para quienes son la base del crecimiento del futbol, cuerpo técnico y jóvenes jugadores, dándole así las mejores herramientas. Esto se reforzaría haciendo alianzas internacionales de alto nivel para que los equipos y entrenadores tengan mayor alcance a las oportunidades.
Desde la carcel del exilio sueño con este proyecto de formación que perdure más allá de los vaivenes políticos y que siembre en cada rincón del país la disciplina, el orden y la pasión que vi en España. Porque, al final, el fútbol no se gana solo con calidad, se gana con convicción, con identidad y sobre todo, con un plan que trascienda a las individualidades. Mientras ese sueño viva, Venezuela tendrá una oportunidad.
No son proyectos para mezquinos ni para mentes de corto alcance, son como el estadio, sueños para entregarle a las futuras generaciones todo lo necesario para triunfar y figurar en los mapas de cuantos torneos, medallas y copas haya.
Un proverbio griego nos recuerda que "una sociedad progresa de verdad cuando los mayores plantan árboles sabiendo que nunca se sentarán bajo su sombra".
¡Acción y progreso por Venezuela!
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