El honor militar no es una colección de medallas en el pecho ni un discurso que se grita en desfiles de derroche de armamentos. Es una promesa silenciosa: defender al pueblo que juraste proteger, no a la jerarquia de las dictaduras que te da privilegios, es elegir la verdad cuando mentir es más cómodo, y a la patria cuando te piden que la traiciones por un cargo, prebendas o por miedo. Cuando los generales que juraron proteger la constitución terminan pidiendo a gritos el regreso de quien la pisoteó junto con ellos, algo se rompió mucho más profundo que una cadena de mando: se rompió la idea misma de qué significa llevar ese uniforme con dignidad. Porque un ejército sin honor no defiende nada; solo ocupa espacio y roba el dinero del pueblo.
Esta semana hemos sido testigos de uno de los espectáculos más "edificantes" de la historia militar latinoamericana: el alto mando venezolano encabezado por el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, salió en pleno a pedir que le devuelvan a Nicolás Maduro. Sí, leyó usted bien. Los mismos generales con uniformes llenos de condecoraciones, cuya procedencia nadie osa preguntar, reclamando públicamente a un hombre cuya presencia en el poder es, para decirlo con toda la delicadeza posible, completamente ilegítima. Un cuadro digno de la más alta cinematografía absurda.
Recordemos para los desmemoriados que esos mismos militares fueron los custodios del proceso electoral del 28 de julio de 2024. Ellos y nadie más que ellos vigilaron las actas, resguardaron los centros de votación y en más de un caso, fueron los propios oficiales quienes anunciaron los resultados en las mesas. Resultados que paradójicamente, daban ganador a Edmundo González por una diferencia apabullante. Pero claro, eso debió haber sido un error de sistema. O del viento. O de la alineación planetaria. Cualquier cosa menos lo obvio. Y mientras tanto, los sobrinos del matrimonio presidencial, los célebres "narcosobrinos" que cumplieron condena en Estados Unidos por narcotráfico, siguen siendo motivo de silencio cómplice para ese alto mando que hoy se golpea el pecho por Nicolás. Porque claro ¿qué mejor credencial moral para defender a un régimen que ignorar que la familia que lo encabeza tiene parientes presos por envenenar al mundo con cocaína? La coherencia, señores, es un lujo que en Venezuela se exportó junto con los cerebros y el capital. El legado gestionado por este gobierno y aplaudido con fervor por sus generales es verdaderamente impresionante: el desmantelamiento de la industria petrolera más importante de América Latina, más de diez mil ejecuciones extrajudiciales documentadas, y el detalle exquisito de regalarle a Cuba cien mil barriles diarios de petróleo, más gasolina gratis, mientras los venezolanos hacían colas de varios días para conseguir apenas veinte litros, así mismo la seguridad personal de Nicolás Maduro estuvo, durante años, en manos de agentes cubanos, protegiendo al usurpador/presidente de Venezuela. Uno se pregunta qué pensaba el alto mando venezolano, esos mismos generales que hoy exigen su regreso, mientras extranjeros custodiaban a su comandante supremo en suelo venezolano. La respuesta, imaginamos, es que lo consideraban un arreglo perfectamente normal y soberano. Porque si algo caracteriza a este narcorégimen es su devoción inquebrantable por la soberanía nacional, siempre y cuando la ejerzan otros. Y cuando el glorioso 3 de enero llegó su hora, fueron precisamente esos custodios foráneos los que protagonizaron el desenlace: treinta y dos de ellos murieron durante la operación en que las fuerzas estadounidenses extrajeron a Maduro del poder. Treinta y dos cubanos caídos en tierra venezolana protegiendo a un hombre que sus propios generales decían defender. La patria, en ese instante, debió sentir un escalofrío de vergüenza histórica. El Libertador Simón Bolívar, que consagró su vida entera a la independencia y dignidad de América, debe estar revolcándose en su mausoleo con una fuerza centrífuga que haría palidecer a cualquier ingeniero. El ejército que fundó, que juramentó defender la constitución y la soberanía popular, se ha convertido hoy en el guardaespaldas de una farsa electoral y en el vocero de un hombre que traicionó, uno a uno, todos los principios que ese uniforme debería representar. Venezuela merece generales que defiendan al pueblo, no a sus captores. Desde la cárcel del exilio analizo y veo que mientras esos ciudadanos uniformados no decidan volver a la legalidad, institucionalidad y a la democracia, el uniforme verde oliva seguirá siendo para millones de venezolanos dentro y fuera del país, no un símbolo de protección, sino la imagen más dolorosa de una traición que está manchada con sangre de inocentes. Ganense el respeto de sus verdaderos jefes que no son otros que el pueblo venezolano.
Es una tarea por cumplir para que la nueva Venezuela sea lo que merece ser, una tierra de gente noble, riquezas para invertir en el desarrollo nacional y paz para su gente.
Con más ganas y fuerzas que nunca los invito a aportar, a participar en ese proyecto de pais.
!Acción y progreso por Venezuela!
José Gregorio Briceño Torrealba
X: @josegbricenot
Tiktok :@josegatobricenot3
Instagram y Facebook: @josegbricenot2
gatobriceno.blogspot.com